El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Me habéis llamado, Excelencia? —preguntó, haciendo una inclinación grotesca y quitándose el sombrero adornado con una larga pluma de avestruz, ya deslucida por la acción del tiempo.
—Sí, porque os necesito —contestó el consejero.
—¿Hay alguna otra persona que os molesta?
—Precisamente.
—Pues se la envía al infierno —dijo el aventurero—. Allí sobra sitio para todos.
—Y también para vos —insinuó el marqués.
—Puede ser, Excelencia, pero creo que todavía tardaré en ir.
—Sin embargo, tened cuidado, porque el hombre con quien habéis de entenderos es una buena espada.
Una sonrisa de desprecio contrajo los labios del asesino.
—He enviado al otro mundo a no pocos caballeros, Excelencia, y con más facilidad de lo que suponéis. Todos ellos alardeaban de tiradores famosos, y no eran sino malos aficionados, incapaces de dar una estocada en regla o de parar el golpe de las cien pistolas.
—Un golpe notable, según cuentan —dijo el marqués.