El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No hay dificultad; sin embargo, teniendo esa joven, no sé por qué motivo, numerosos enemigos que más de una vez han intentado raptarla, debéis emplear las mayores precauciones. La he ocultado en una casita aislada que se encuentra cerca de Punta Blanca. Asà pues, no concederé permiso más que a vos.
—Mis compañeros son fieles y discretos, señor.
—No me fÃo más que de vos —contestó el consejero con firme acento—. Os daré, como guÃa, a un hombre honrado y de puños sólidos que velará por vos.
—¿Y estos compañeros?
—Irán mientras a preparar la chalupa. ¿Tenéis más auxiliares para la empresa?
—No, señor —contestó el corsario—. He pensado que para semejante aventura, valen más pocos y resueltos, que muchos. Los filibusteros vigilan atentamente, y una barca grande no podrÃa pasar inadvertida.
—Tenéis razón y estimo mucho vuestra prudencia. ¿Cuándo partiréis?
—A media noche, si es posible.
—¿Habéis alquilado la chalupa?
—Aún no.
—Junto al faro de Granada hay un hombre que posee muchas. Con algunas piastras, diciendo además que vais en nombre mÃo, os dará lo que creáis mejor para vuestra empresa. Allà mismo podrán esperaros vuestros compañeros.