El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Bajaron la escalera, atravesaron la amplia plaza y se encaminaron hacia el mar.
Ninguno de los dos hablaba, y ambos parecÃan preocupados. El conde no mostraba desconfianza alguna hacia el supuesto escudero.
Al llegar a los suburbios, que se extendÃan en torno de la bahÃa, el señor de Ventimiglia preguntó al bandido:
—¿Hay que andar mucho aún?
—Ya se ve que sois poco práctico en Panamá, señor.
—He desembarcado hace pocos dÃas.
—¡Ah! ¿Sois marino?
—Lo habéis adivinado.
—¿Qué hacen ahora esos perros filibusteros?
—No lo sé.
—Se asegura que proyectan un golpe de mano sobre la ciudad.
—Puede ser.
—No sois muy locuaz, señor.
—La gente de mar habla poco.
—Y además desconfiáis un poco de mÃ.
—¡Yo!
—Creo que sÃ.
—No por cierto.