El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Siguieron caminando a través de las obscuras y tortuosas callejuelas de los suburbios y llegaron a la playa de poniente, una playa arenosa, abierta a todos los vientos y a las olas, destinada a la demolición de las viejas carabelas que no podían prestar servicio.

—¿Dónde está la casa? —preguntó el conde, después de bordear durante un rato las dunas, contra las cuales se estrechaban, rugiendo sordamente, las olas del Pacífico—. Aquí no veo más que cascos de buques medio destruidos.

—Más allá —contestó el bandido—. ¿Dudáis de mí, señor?

—Ya os he dicho que no, aunque me habéis traído a un lugar completamente desierto y muy a propósito para una emboscada.

—¡Mil truenos! —gritó el bandido—. ¿Queréis ofenderme? Mucho cuidado, que aunque hoy no sea más que un simple escudero, llevo en las venas sangre hidalga.

—Cosa que no me interesa —contestó el conde.

—¿Que no os interesa? —gritó el miserable deteniéndose frente a una elevada duna, con la siniestra apoyada en el puño de la espada—. Por lo visto buscáis cuestión conmigo.

—¿No la tenéis ya preparada? —preguntó el corsario, haciendo ademán de desnudar la espada.


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