El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Rayos y centellas! ¡Sois muy insolente, señor mÃo!
—Tomadlo como queráis, no me importa, señor bandido.
—¡Bandido yo!
—SÃ, porque me habéis traÃdo aquÃ, no para llevarme a la casita habitada por la joven mestiza, sino para asesinarme. ¿Cuánto os ha pagado don Juan de Zabala?
—Os lo diré asà que os atreviese con mi espada.
—¿Estáis muy seguro de conseguirlo? —preguntó el conde, con calma.
—Nadie se ha atrevido jamás a hacer cara al Valiente.
—¿Es vuestro nombre de guerra?
—Sà señor mÃo.
—Entonces os enseñaré una cosa extraordinaria.
—¿Cuál?
—Ver al Valiente arrodillado ante mà pidiéndome perdón.
El bandido soltó una estrepitosa carcajada, mientras el conde, que comenzaba a impacientarse y a temer que otros asesinos acudiesen en auxilio del miserable, desenvainaba el acero.