El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¡Mil bombas!… Sois valiente, señor mío. Otro en vuestro lugar, arrojaría en seguida la espada y me entregaría la bolsa.

—Yo no tengo esas malas costumbres —replicó el señor de Ventimiglia—. Así, pues, acabemos cuanto antes, canalla. Os daré la lección que merecéis.

El bandido se quitó la manta nueva que llevaba, comprada seguramente con el dinero de don Juan de Zabala, y se la echó al brazo izquierdo, para estar más libre en sus movimientos; dio dos saltos hacia la duna para no exponerse al peligro de caer al mar en el caso de tener que retroceder, y sacó la espada, diciendo:

—Me bastará una estocada para acabar con vos.

—¿Alguna estocada secreta?

—La más famosa de todas.

—Es inútil, bribón, que tratéis de asustarme. También yo entiendo de estocadas secretas.

—La mía no podéis conocerla.

—Basta ya, charlatán —pasemos a los hechos.

El conde se puso rápidamente en guardia y avanzó un paso, fingiendo atacar. Ante todo quería asegurarse de la fuerza del adversario.

Sabiendo que era muy diestro en las armas, contaba como seguro que no le habrían enviado a un mediano tirador. En efecto, el Valiente paró sin descomponerse.

—Ya veo que sois fuerte —dijo el conde.


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