El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Esto no es nada todavÃa —contestó el bandido—. Ya os iréis enterando. QuerrÃa daros un consejo para que no os marchéis al otro mundo como un musulmán.
—¿Qué intentáis dar a entender?
—Que en vuestro lugar, para no perder el tiempo, aprovecharÃa estos breves instantes para rezar un Padre Nuestro.
—Comenzad vos —contestó el conde, que atacaba vivamente.
—No tengo necesidad.
—Pronto os arrepentiréis.
—Ciertamente que sois duro de pelar, señor mÃo —dijo el bandido, que continuaba retrocediendo y acercándose cada vez más a la duna—. Sin embargo, confÃo en acabar con vos cuando vuestro brazo comience a dar señales de cansancio.
—Entonces tendréis que aguardar algunas horas.
—¡Ah! ¡Mil truenos!…
El conde le tiró una estocada en mitad del pecho, desgarrándole el jubón. El bandido salvóse por milagro, parando en tercia y dando un salto atrás.
—He aquà una estocada magnÃfica que no aguardaba —dijo el Valiente—. No vale, sin embargo, lo que la de las cien pistolas. ¿Quién puede habérsela enseñado?
—Un famoso maestro italiano.