El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Los italianos son formidables espadachines. ¡Oh, los conozco bien!…
—En ese caso, parad esta…
El conde parecÃa olvidado del peligro y comenzaba a divertirse con aquella terrible partida.
Asestó otra estocada al Valiente, que apenas tuvo tiempo de pararla.
—¡Mil bombas! —murmuró—. El asunto no marcha como yo creÃa. Este hombre es más duro de lo que imaginaba. Permanezcamos en guardia.
El conde volvió a la carga, impaciente por consolarlo antes de intentar un golpe decisivo. El bandido seguÃa retrocediendo hacia la duna.
—Os escapáis —gritó el conde encolerizado—. Mostradme vuestra valentÃa permaneciendo en vuestro puesto.
El Valiente no respondió. ParecÃa que con la mano izquierda, tendida hacia atrás, buscaba alguna cosa.
Durante algunos instantes, el señor de Ventimiglia descargó sobre su adversario una granizada de golpes; el bandido, dando un nuevo salto atrás, llegó hasta la duna.
—Ahora no escaparéis —gritó el conde—. Rezad el Padre Nuestro.
—¡AsÃ! —contestó el Valiente.