El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Volvióse con la velocidad del rayo, cogió un puñado de arena y lo lanzó al rostro del corsario, con el propósito de cegarle.
—¡Bandido! —rugió el conde, que adivinando la intención del miserable se había tapado los ojos con el amplio fieltro—. No tendré compasión de ti.
Y atacó de nuevo con más furia.
El Valiente logró evitar los golpes, saltando de costado; luego se agachó, replegándose sobre sí mismo.
—El golpe de las cien pistolas —dijo el conde, poniéndose en guardia—. Lo conozco, miserable, y no será tu espada la que me atraviese el pecho.
El Valiente lanzó un verdadero rugido.
—Y sin embargo, es preciso que os mate —dijo luego, con ronco acento—. Lo he prometido a don Juan de Zabala y al marqués de Montelimar. Si no cumpliese mi palabra, serían capaces de ahorcarme.
—¡El marqués de Montelimar! —gritó el conde—. ¿Tú lo has visto?
—Como os veo ahora.
—¿Dónde?
—En casa del consejero.
—¡Mientes!
—Seré un bribón pero no soy embustero. El marqués está aquí porque ha escapado de Taroga. ¡Tened cuidado!…