El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Y a su vez atacó furiosamente, asestando cuatro estocadas, unas tras otras. Iba a tirar la quinta, cuando cayó, lanzando un grito.
La espada del conde le había penetrado algunos centímetros en la garganta. Permaneció un momento de pie, con los brazos abiertos; luego se desplomó pesadamente sobre la arena, murmurando:
—Esto se acabó…
El conde retiró en el acto la espada.
—Tú lo has querido —le dijo.
—Soy… muerto —murmuró el miserable—. Levantadme… la cabeza… la sangre… me ahoga… ¡por favor!…
El conde se inclinó sobre el moribundo para librarle de sufrimiento, pero en aquel momento sintióse sujeto con gran fuerza por una mano y herido. El bandido, con el puñal, le había asestado un golpe al corazón, desgarrándole la casaca e hiriéndole en el pecho.
—¡Canalla! —gritó el conde, al verse algunas gotas de sangre en la mano.
Empuñó la espada y la clavó por dos veces en el pecho del Valiente.
Fueron estocadas inútiles, porque el bandido había muerto.
—¡Traidor! —murmuró el conde—. Marqués de Montelimar y también vos, don Juan de Zabala, ¡me las pagaréis!