El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Abrióse el jubón, desgarró la camisa y miróse la herida. Como la luna brillaba espléndida en el firmamento, pudo ver, sin necesidad de antorcha, la herida causada por el miserable asesino.
—¡Bah! —exclamó—. No creo que sea cosa grave. Trataré de reunirme a los tres compañeros, si es que no han sido también atacados. Sé dónde se encuentra el faro, veremos si están allí…
Anudóse un pañuelo en la herida para detener la sangre, se abrochó el jubón, armó las pistolas que llevaba ocultas en la faja, y después de orientarse, se alejó bordeando la duna, sin dirigir siquiera una mirada al bandido.
La noche era magnífica. El océano centelleaba, reflejando los dulcísimos rayos del astro nocturno; la resaca mugía sordamente y una brisa suave y vivificadora refrescaba el ambiente.
El corsario, temeroso de que el bandido tuviese cómplices ocultos tras la duna, apresuraba el paso, espada en mano, dispuesto a rechazar cualquier repentino ataque. El faro de Granada, destinado a indicar a los navegantes la entrada del puerto, despedía vivos reflejos; el conde no podía equivocarse en la dirección que había de seguir.
Inquietábale, sin embargo, profundamente, la duda de que también sus compañeros hubieran sido atacados por alguna banda de asesinos.