El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Caminó durante media hora a lo largo de la duna, y llegó finalmente a una elevada construcción, semejante a una torre, coronada por el gran fanal.
Vio en seguida tres sombras de pie en la playa, ocupados, al parecer, en recoger mariscos.
—¡Mendoza! —exclamó levantando la voz.
Un triple grito respondió.
—¡El señor conde!
—¿No habéis sido atacados? —preguntó el conde, con gran asombro.
—No, señor —contestó el gascón.
—¡Me parece imposible!
—Hemos pasado el rato devorando mariscos, sin que nadie nos moleste. ¿Habéis encontrado a vuestra hermana?
—Sí, bajo la forma de una puñalada que por poco me parte el corazón. ¡Mirad!
Desabrochóse el jubón y mostró el pañuelo empapado en sangre.
—¡Voto al infierno! —gritó el gascón—. Ya imaginaba yo que os preparaban una emboscada.
—Señor conde —dijo Mendoza, con voz entrecortada—, ¿es grave la herida?
—Creo que no.
—Pero hay que curaros en seguida —dijo el gascón.