El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—La posada está demasiado lejos —observó el flamenco.

—Pero aquí tenemos el faro —replicó Barrejo—. Vamos a pedir hospitalidad al torrero. Si se niega, lo echamos de su casa. Venid, don Hércules…

En tanto que Mendoza se desgarraba una manga de la camisa para detener la sangre de la herida, que no cesaba de manar, los dos aventureros corrieron hacia la puerta de la torre y la golpearon estrepitosamente con la empuñadura de las espadas.

Una voz ronca resonó en la parte alta.

—¿Quién sois y qué queréis?

—Abrid en seguida —contestó el gascón—. Hemos recogido a un náufrago, moribundo al parecer.

—Llevadlo a Panamá. Aquí no hay médicos.

—Yo haré de médico. Abrid al punto o echamos la puerta abajo.

—Aguardad un momento.

Medio minuto después apareció el torrero, llevando en la mano una antorcha. Era un viejo marino, muy robusto a pesar de los años, con luenga barba blanca y rostro casi ennegrecido por los vientos del mar y los grandes calores ecuatoriales.

—¿Qué es lo que deseáis? —preguntó con acento brusco.

—Vuestro lecho —contestó el gascón.

—¿Y yo?


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