El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Os vais a dormir al infierno. En cambio, pagaremos espléndidamente.

Al oír hablar de dinero, la frente contraída del torrero se serenó.

El conde llegó en aquel instante, apoyado en el brazo de Mendoza.

—¿Dónde está el náufrago? —preguntó el guardián del faro.

—Aquí lo tenéis —contestó Barrejo señalando al conde.

—¡Pero si sus vestidos están más secos que los míos!

—Debajo, sin embargo, se hallan empañados en sangre.

—Entonces se trata de un herido.

—Basta, encended lumbre y guiadnos a vuestro dormitorio.

El guardián subió la escalera, refunfuñando, y se detuvo en el segundo piso; después penetró en una pequeña estancia que no contenía más que un lecho y dos cómodas viejas.

—Dejad esa antorcha y volved a vuestro faro —dijo el gascón—. Ya os llamaré si hacéis falta; vos, don Hércules, id con él.

Mendoza y Barrejo quitaron al conde la casaca, el jubón y la camisa y observaron atentamente la herida.


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