El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO III

LA CARRERA DE GALLOS

Al siguiente día, una multitud alegre, vestida con trajes variados y de múltiples colores, agolpábase en torno del soberbio palacio de Montelimar.

Veíanse oficiales del ejército, soldados, colonos, marineros y aldeanos, y no faltaban tampoco señoras y señoritas elegantísimas, con la graciosa mantilla y la alta peineta, aun cuando el espectáculo que iba a comenzar no debía de interesarles gran cosa.

Iba a celebrarse la carrera de gallos, ya anunciada por la marquesa al conde de Miranda, o mejor dicho, el conde de Ventimiglia.

Los colonos españoles han tenido siempre dos grandes pasiones: los toros y los gallos. Extraño contraste, entre una fiera enorme y temible y un pobre e inocente plumífero.

No les importaba gastar el dinero en adquirir buenos gallos, especialmente en los de pelea, y apostaban en este bárbaro juego sumas enormes.

Pero una de sus diversiones favoritas eran las carreras de gallos, inventadas acaso con el propósito de formar habilísimos jinetes, que hacían gran falta para dar caza a los bucaneros, los formidables aliados de los filibusteros, que amenazaban sin tregua a las ciudades del interior, en tanto que los otros se ocupaban de las marítimas.


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