El hijo del Corsario Rojo

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El juego era sencillísimo; sin embargo, no dejaba de despertar vivo interés entre los numerosos espectadores, dispuestos siempre a apostar lo mismo un doblón que mil.

En un paseo recto abrían cuatro o cinco hoyos, y en ellos enterraban otros tantos gallos, de modo que solo asomasen la cabeza y el cuello, asegurando a los infelices animales con arena y con piedras, en forma tal, sin embargo, que no sufriesen mucho.

Los jinetes que tomaban parte en tan extraña diversión habían de pasar a galope tendido, inclinarse hasta tocar en tierra y cogerlos.

Ya puede comprenderse que la operación no resultaba fácil, porque exponía al jinete a una caída, acaso de funestas consecuencias, y saludada además por una carcajada estrepitosa de los espectadores.

Ordinariamente, el premio consistía en un beso, en la mano o en la mejilla, a la señora más bella que asistía al espectáculo, galantería española que los rudos yanquis del siglo XVIII habían de imitar más tarde.

Catorce caballeros, montando todos pequeños y nerviosos potros andaluces, presentáronse para tomar parte en la fiesta, y se alinearon ante el palacio de Montelimar.


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