El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Casi todos eran jóvenes, hijos de colonos, ansiosos de besar en la mejilla a la más bella viuda de Santo Domingo.

Entre todos descollaba el conde de Miranda, siempre vestido de rojo, elegantísimo, que montaba un corcel andaluz, negro y de ojos ardientes, adquirido aquella misma mañana sin reparar en el precio. Al ver aparecer a la marquesa en la escalinata de mármol del palacio, el conde levantóse el fieltro rojo adornado con larga pluma e inclinóse sobre el caballo.

La hermosa viuda contestó con una sonrisa y una ligera seña con la mano, luego se sentó en una especie de tribuna levantada ante el palacio, en compañía de su mayordomo y de las doncellas de la casa.

Cuatro gallos habían sido enterrados a distancia de veinte metros uno de otro. Las pobres aves hacían esfuerzos desesperados por librarse de tan incómoda prisión, alargando el cuello y cantando con toda la fuerza de sus pulmones; pero las piedras les sujetaban, impidiéndoles huir.

Los jueces de campo, dos viejos militares retirados, colocáronse junto a los jinetes para regular la carrera.

El público, cada vez más numeroso, apostaba en tanto con verdadero furor, y ya por simpatía, ya por su atrevida figura, apuntaba preferentemente por el hijo del Corsario Rojo.


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