El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Parezco un torrero? —preguntó a don Hércules, que estaba atando y amordazando al infeliz guardián.
—Podéis dejar la espada por la linterna —contestó el flamenco, sonriendo.
—Cuando sea viejo, camarada. Ahora acompañad, o mejor dicho, llevad a este hombre a la habitación del conde y dejadlo bajo la cama.
—Prefiero llevarlo.
—Y ahora nosotros, señores soldados —murmuró el gascón, cuando se quedó solo.
Recogió la pipa del torrero, humeante aún, y se sentó en uno de los peldaños de la escalera interior, poniéndose a su vez en observación.