El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo OTRA IDEA DEL GASCÓN
Las dos pequeñas columnas, enviadas seguramente por don Juan de Zabala para capturar a los tres compañeros del conde, se hallaban ya a pocos centenares de pasos y procuraban ocultarse tras las dunas.
Probablemente sabían que los enemigos eran zorros viejos, capaces de hacer frente a una cincuentena de alabarderos.
El gascón las miraba atentamente, fingiendo observar el Océano, y de vez en cuando alzaba la cabeza para decir a Mendoza, que se encontraba oculto tras el faro, siempre encendido:
—Se acercan… no distan más que trescientos pasos… doscientos cincuenta… van a encontrarse.
Como hemos dicho, las dos columnas marchaban en sentido contrario, para coger en medio a los aventureros e impedirles la fuga.
Avanzaban, sin embargo, cautelosamente, con los arcabuces montados y las alabardas en ristre.
No tardaron en encontrarse; una discusión vivísima pareció seguirse entre los jefes de las columnas, porque hasta el gascón, que poseía un oído finísimo, llegaron algunas maldiciones.
—¡Mendoza! —llamó.
—¿Qué deseáis?
—Encended una antorcha. Tengo empeño en que esa gente vea bien que soy el torrero.