El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Yo —contestó el marqués—. Quiero acabar de una vez con ese conde, que turba constantemente mis sueños. Como no sea el diablo en persona, yo os aseguro que no escapará.
—¿Creéis que van ya camino de Guayaquil?
—Seguramente.
—¿Cuándo pensáis partir?
—Antes de medianoche. Mandad que se armen los hombres que me son necesarios y cuidad sobre todo que los caballos sean buenos y estén descansados.
—Antes de media hora formaré el medio escuadrón a la puerta de este palacio —replicó el consejero, levantándose.