El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo LA CAZA DEL CONDE DE VENTIMIGLIA
Comenzaba a obscurecer cuando cuatro filibusteros, que montaban magníficos potros andaluces de corta alzada, pero robustos y nerviosos, salían por la puerta de Sevilla, la más bella de las seis que entonces tenía Panamá.
Eran el conde y sus tres compañeros, los cuales, después de proveerse de caballos, y de armas de fuego, abandonaron precipitadamente la posada de la linda Panchita y se lanzaron por el camino de Guayaquil, antes de que el marqués y don Juan de Zabala les preparasen alguna nueva emboscada.
Atravesaron el puente levadizo sin despertar sospechas en los centinelas, aflojaron las bridas a las cabalgaduras y galoparon a través de la silenciosa campiña.
Mendoza, que conocía perfectamente casi todo el istmo de Panamá por haberlo atravesado con Morgan algunos años antes, colocóse a la cabeza de los expedicionarios, que ignoraban el camino de Guayaquil.
—Señor conde —dijo el gascón, que no podía permanecer callado cinco minutos—, ¿lograremos al fin nuestro propósito? Vuestra hermana nos ha hecho correr un poco.