El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Qué malos jinetes! —murmuró el conde—. ¿Tendré yo que coger todos los volátiles? El trabajo serÃa enojoso, si la victoria no valiese un beso a la dama más hermosa de Santo Domingo.
Aflojó las bridas y reanudó la carrera, espoleando con el pie derecho a su cabalgadura, y teniendo, como antes, libre el izquierdo, para poder inclinarse con más comodidad.
Como les llevaba a sus adversarios una ventaja de más de treinta metros y marchaba solo, en tanto que los demás galopaban en grupo, llegó en un instante junto al segundo gallo y lo sacó de tierra.
No fue grito, fue una verdadera aclamación frenética lo que escuchó el bravo caballero.
—¡Viva el conde rojo! —exclamaba la multitud, aplaudiendo locamente.
Los demás corredores tuvieron más fortuna: dos de ellos cogieron un gallo cada uno. La victoria, sin embargo era del conde, que habÃa dado un golpe doble.
Bajó del caballo y se acercó a la marquesa, que lo contemplaba sonriendo, y le puso el gallo sobre las rodillas, diciéndole:
—Conservadlo como recuerdo mÃo; asÃ, cuando haya partido, os acordaréis alguna vez de mÃ.
—¿Pensáis partir? —preguntó la bella viuda.
—Es probable que esta noche no me encuentre en Santo Domingo.