El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Entonces os invito a comer conmigo, y luego ya sabéis la recompensa del vencedor.
—No evito nunca la compañÃa de una señora, sobre todo cuando es guapa y amable como vos.
—¡Ah, conde!…
—Púsose en pie. Hizo con la mano una señal de despedida a los caballeros, que, descubiertos, estaban alineados ante el palco, y subió rápidamente la escalinata de mármol, en tanto que la multitud se dispersaba.
El conde de Ventimiglia la siguió, en unión del mayordomo y de las doncellas de la casa.
La marquesa le hizo atravesar varias salas elegantemente amuebladas, luego lo introdujo en el comedor, no muy amplio, con las paredes cubiertas de cuero rojo de Córdoba y el techo artesonado.
En el centro veÃase la mesa, llena de bandejas y platos de oro, que contenÃan las frutas más variadas de los climas tropicales.
No habÃa más que dos asientos, el uno junto al otro.
—Señor conde —dijo la marquesa—, os advierto que no tengo hoy invitados, asà podremos charlar libremente, como dos buenos amigos.
—Os agradezco, señora, esta delicada atención.
—Además, tengo que haceros algunas preguntas.
—¿A m� —exclamó el corsario con estupor.