El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —A vos —contestó la marquesa de Montelimar, en cuya hermosa frente se habÃa dibujado una ligera arruga.
—¿Y qué dirÃais si os manifestase que también yo deseaba volver a veros antes de zarpar para haceros algunas preguntas?
La marquesa, a su vez, no pudo contener un gesto de asombro.
—¿A mÃ? —exclamó—. ¿Me conocÃais, conde, antes de anclar en este puerto?
—No: únicamente habÃa oÃdo hablar de los Montelimar.
—¿De mi marido?
—No, de vuestro cuñado, que hace algunos años desempeñaba el cargo de gobernador de Maracaibo.
—En efecto, mi marido tenÃa un hermano gobernador.
—¿No habéis visto nunca a ese Montelimar?
—SÃ, hace dos años lo conocà en Puerto Rico.
La entrada de cuatro esclavos negros, que llevaban manjares en fuentes de plata cincelada y cestos con botellas cubiertas de polvo, fue causa de que la conversación se interrumpiera.
—Ahora, comamos —dijo la marquesa al conde—. Los hombres de mar deben estar dotados de buen apetito, y espero, señor de Miranda, que haréis los honores a mi cocina.