El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Cuando suena la campana del mediodÃa, nuestros estómagos se hallan siempre dispuestos, marquesa. ¡Si vieseis a mis marineros qué asalto tan terrible dan a la mesa!
—Me agradarÃa presenciar la escena.
—Si continuase algunos dÃas más en el puerto, me considerarÃa muy honrado en recibiros a bordo. Desgraciadamente, dudo mucho que mañana me encuentre aquÃ.
—Pero me dijisteis que os habÃan enviado para defender a la ciudad de un ataque combinado entre filibusteros y bucaneros.
—El peligro ya no existe —replicó el conde, con cierto aire de embarazo—. Me aseguraron que algunos barcos sospechosos se habÃan dejado ver en estas aguas con rumbo al sur; pero esta mañana he recibido aviso de que se alejaban con dirección a la Tortuga. Voy a inspeccionar estos parajes con objeto de asegurarme de los informes.
—¿Para echar a pique las naves?
—SÃ, suponiendo que sea posible.
—¿Son formidables los filibusteros?
—Se lanzan al abordaje como demonios, y cuando hacen una descarga, matan siempre…
Cogió una botella, que los esclavos habÃan ya descorchado, y llenó dos vasos, diciendo:
—Por vuestra hermosura, marquesa.