El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Por vuestro barco, capitán —contestó la señora de Montelimar.
El conde vació su vaso de un trago, hizo seña a los criados negros para que saliesen y luego, contemplando fijamente a la marquesa, siguió diciendo:
—Y ahora, si os place, reanudaremos la conversación. Me habéis dicho que conocisteis a vuestro cuñado en Puerto Rico.
—Es verdad, conde.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
—¿Sabéis dónde se encuentra ahora?
—En Pueblo Viejo, según mis noticias. Sé que en los alrededores de esta población posee vastísimas plantaciones de caña de azúcar.
—¡Ah! —exclamó el conde, frunciendo el entrecejo—. ¿No os habló nunca, por casualidad, vuestro marido de la ejecución llevada a efecto por orden de vuestro cuñado, de dos famosos corsarios que se hacían llamar el uno el Corsario Rojo y el otro el Verde, y que eran dos hidalgos italianos?
La marquesa miró al conde con cierta ansiedad; luego dijo:
—Sí, me habló de esos corsarios, y también de otro que desapareció con la hija del duque de Wan Guld.