El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ese se llamaba el Corsario Negro —interrumpió el conde—. Y no fue ahorcado como sus hermanos. ¿No sabrÃais decirme quiénes fueron los que decretaron y aplicaron la pena de muerte a los dos caballeros?
—No, pero os podrá informar mi cuñado. Yo era entonces una niña y no vivÃa en Maracaibo. DesearÃa saber por qué os interesa este suceso. ¿Habéis conocido a los terribles filibusteros que hicieron temblar durante tantos años a nuestras colonias del Golfo de México?
—Es un secreto que no puedo revelar, marquesa —respondió el hijo del Corsario Rojo, con aire sombrÃo—. Me habéis dicho que vuestro cuñado se encuentra en Pueblo Viejo; esto me basta por ahora. Vuestro cuñado posee bienes, luego tendrá un administrador y un secretario.
—¿Os referÃs al señor de Robles?
—Precisamente, marquesa.
—Aquà se encuentra, en efecto —contestó la dama—. Pero de un momento a otro partirá a bordo del galeón «Santa MarÃa», que se dirige a México. Lleva, según creo, las cantidades recaudadas en las haciendas de mi cuñado.
—¿En el «Santa MarÃa» habéis dicho? —exclamó el conde, en tanto que vivÃsimo relámpago iluminaba sus ojos.
—Eso me aseguró él mismo hace tres dÃas.