El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ya sé todo lo que deseaba, marquesa; os agradezco la preciosa información que me habéis facilitado.
—¿Preciosa?
—Más de cuanto suponéis —respondió el conde.
—Ahora espero que me pagaréis en la misma moneda.
—Contad con ello; me habéis dicho que querÃais saber algo de mÃ. Hablad, señora, haré lo posible por complaceros…
La marquesa permaneció un momento silenciosa, contemplando a su vez con gran atención al conde; luego, señalando con el dedo a la espada que el corsario llevaba al costado, le dijo:
—Anoche, durante el baile, no ceñÃais esa espada. La empuñadura es muy distinta. ¿Por qué la habéis cambiado?
—Porque la otra la perdà cuando embarqué en la chalupa que debÃa conducirme a bordo de mi fragata —contestó el corsario, poniéndose colorado como una chiquilla.
—¿No la habréis dejado en el pecho de alguien que os desagradase? —preguntó la marquesa con voz grave.
El conde de Ventimiglia no pudo dominar una sacudida nerviosa.