El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Señora —dijo con acento solemne—. Un caballero no puede mentir y confieso francamente que he dejado la punta de mi espada en el pecho del conde de Santiago. Juro, sin embargo, por mi honor que no he provocado yo la contienda.
—Os creo, conde; el capitán era hombre muy violento y gran espadachÃn y por eso temÃa que os esperase afuera para daros una estocada. Me asombra extraordinariamente que la haya recibido.
—¿Por qué marquesa?
—Todos le temÃan, sabedores de que era una espada casi invencible.
—Señora, pertenezco a una familia de tiradores formidables, y muchas personas han sido enviadas al otro mundo por los condes de Miranda, también por puntillos de honor.
—¿Y le habéis dado muerte?
—TenÃa que defender mi vida.
—¿Solo?
—¿Por qué me hacéis esta pregunta?
—Porque me han dicho que os acompañaban dos hombres.