El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —SÃ, dos de mis marineros, los cuales, cumpliendo mis órdenes, han asistido impasibles al duelo. No se habrÃan atrevido a mezclarse en un asunto que me afectaba a mà solo. El capitán era un caballero y no un bandido, para que se le atacase con tres espadas o se le asesinase a pistoletazos.
—¡Sois un héroe! —exclamó la marquesa, contemplándole con profunda admiración—. Ningún espadachÃn habrÃa osado batirse con el conde de Santiago.
—De Santo Domingo tal vez —repuso el conde—. Yo no he nacido en la isla del gran Golfo y he tenido por maestros a tiradores de España, de Francia y sobre todo de Italia.
—¿Sabéis que se sospecha de vos?
—¿Como autor de la muerte del capitán?
—SÃ, conde.
—¿Y qué queréis decir con esto? ¿Tal vez que en Santo Domingo no está permitido a dos caballeros dirimir una querella a estocadas? En nuestra España a nadie le habrÃa parecido mal, marquesa.
—No digo lo contrario; pero el duelo se ha verificado sin testigos, y además…
—Perdonad, marquesa, lo presenciaron mis dos marineros. Y ahora seguid.
—Deseaba preguntaros dónde habéis adquirido la espada con que atravesasteis al capitán.