El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El conde se puso en pie y miró a la marquesa con inquietud.
—Me hacéis una pregunta que podrÃa tener…
Interrumpióse bruscamente al ver entrar al mayordomo de la marquesa.
—¿Qué quieres? —preguntó la señora de Montelimar, algo extrañada por aquella repentina aparición.
—Perdonad, señora —respondió el mayordomo—. En la estancia inmediata se hallan dos marineros que insisten en comunicar al señor conde una grave noticia.
—¿Un blanco y un mulato? —preguntó el capitán de la «Nueva Castilla», con emoción.
—SÃ, señor conde, y además…
—Prosigue —dijo la marquesa.
—Hay también un capitán de alabarderos, acompañado de veinte hombres y que solicita visitar el palacio.
—¿Por qué motivo? —preguntó la bella viuda prontamente.
—Trae una orden de arresto.
—¿Para quién?
—Para el señor conde —contestó el mayordomo, después de un instante de vacilación.
El corsario dio un salto y se llevó la mano a la empuñadura de la espada.