El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Sí, esperad un poco —respondió el gascón, que animaba sin cesar a su cabalgadura—. Confío en haceros correr inútilmente…

El potro andaluz que era sin duda un corredor extraordinario, subió al galope la colina, atravesó la pequeña explanada de la cumbre y descendió por la opuesta vertiente.

Los jinetes españoles, que contaban también con briosos corceles, no se detuvieron ante el obstáculo y subieron a su vez al galope tendido la colina, gritando siempre:

—¡Ríndete, bribón!…

—Si no fueseis tantos, ya os mostraría quién soy —murmuraba Barrejo, rojo de cólera—. Este insulto os costará caro. Aguardad a que toque en la llanura y veréis el fuego que abro sobre vosotros…

El alazán refrenado por el gascón bajaba la pendiente, en tanto que los españoles, una vez que cruzaron la pequeña meseta, se disponían a perseguirlo sin descanso.

De repente Barrejo dejó escapar una blasfemia.

Había descubierto una anchísima hendidura que medía más de cuatro metros y que cortaba la colina de un extremo a otro.

—¡Tonnerre!… —gritó. ¿La logrará saltar mi caballo negro? Afortunadamente no está completamente cansado.


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