El hijo del Corsario Rojo

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Pero esto no desanimó a los asaltantes en lo absoluto y, mientras que los habitantes salvaban buena parte de su riqueza cargando unos esquifes que mantenían en el río, intentaron valientemente el asalto a los fuertes.

Para evitar que las guarniciones se prestasen mutua ayuda, dividiéronse en tres columnas: una la mandaba Grogner, la segunda Raveneau de Lussan y la tercera el gascón.

Defendiéronse los fuertes gallardamente, respondiendo con cañonazos a los disparos de arcabuz de los filibusteros. Parecía que los españoles estaban decididos a sepultarse entre las ruinas antes que rendirse a aquellos odiados ladrones del mar.

Toda la noche fue una batalla furiosa. En vano los filibusteros se habían lanzado al asalto varias veces y en vano habían apoyado las escaleras para superar las almenas.

A cada intimación, los españoles siempre habían respondido con un fuego infernal, aunque no muy eficaz.

Por la mañana los tres fuertes aún no habían caído, mientras que la población, aprovechando la oscuridad, había evacuado la ciudad, refugiándose en los bosques de las colinas cercanas junto con las riquezas que no habían sido capaces de salvar en los esquifes.


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