El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Su marcha, sin embargo, no pasó inadvertida. Los indios que habitaban las inmensas selvas del istmo no tardaron en descubrir el paso de aquella fuerte columna y se apresuraron a avisar al gobernador de la ciudad de la tempestad que se avecinaba.
Un cuerpo de setecientos hombres salió apresuradamente para dar la batalla a aquellos terribles corredores del Océano Pacífico; pero, como siempre, el miedo que inspiraban los filibusteros causó más efecto que las armas.
Cambiados algunos arcabuzazos, los españoles volvieron la espalda, y fueron a encerrarse en los tres fortines que defendían a la ciudad, y que, como hemos dicho, se consideraban inexpugnables.
Las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo cuando los filibusteros, divididos en dos columnas, se encontraban frente a la ciudad, resueltos no solo a expugnarla, sino también a saquearla, a sabiendas de que contenía grandes riquezas.
La toma de la ciudad, sin embargo, no era tarea fácil debido a que la defendían tres fuertes, cada uno con una guarnición de cincuenta hombres, y armados con un buen número de cañones, mientras que los filibusteros no tenían ni siquiera una espingarda.