El hijo del Corsario Rojo

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—Aún no son las siete; a las nueve podemos estar en el continente, y antes de que obscurezca nos hallaremos delante de Guayaquil. Diez leguas son para nosotros un simple paseo. Voy a avisar a mi gente para que se ponga en camino sin un segundo de retraso.

No habían transcurrido cinco minutos cuando los filibusteros habían abandonado la isla, montados en su flotilla de piraguas y de chalupas.

A las nueve, como había previsto Grogner, los trescientos cincuenta filibusteros, ya que no eran más, desembarcaron en la playa del istmo de Panamá, a solo diez millas de esta última ciudad.

Sumergieron las embarcaciones a fin de que los españoles no advirtieran su nueva empresa, e iniciaron la caminata bajo los grandes bosques, dirigidos por un prisionero nativo del país, al cual habían prometido la libertad, o la muerte si los traicionaba.

A pesar de que los filibusteros eran hombres de mar eran también muy buenos caminantes, habiendo sido en su mayor parte bucaneros. Diez largas leguas, por lo tanto, no era distancia que les asustase.

En efecto, antes de que el sol se ocultase, se hallaban a pocas millas de la ciudad.


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