El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Del conde acaso? —preguntó Grogner, poniéndose en pie.

—Ha caído prisionero, señores.

—¿En poder de quién está? ¡Hablad pronto! —exclamaron al mismo tiempo los dos filibusteros.

—Del marqués de Montelimar, al cual dejasteis huir.

—¡Ya lo imaginaba! —gritó Raveneau de Lussan, dando un puntapié a la silla que tenía delante. Cuando me contaron que aprovechando una noche oscurísima había huido, en seguida pensé en el conde de Ventimiglia, ¿no es cierto, Grogner?

—Sí, me lo habéis dicho. ¿A dónde lo han conducido, señor de Lussac? Donde quiera que esté, palabra de filibustero, iremos a liberarlo. Los españoles no le colgarán como colgaron a su padre, aunque tengamos que quemar Panamá hasta la última casa.

—Le han llevado a Guayaquil —dijo el gascón.

—¡A Guayaquil! —exclamó Raveneau de Lussan—. Precisamente planeábamos ayer por la noche hacer una incursión en esa ciudad que se dice contiene riquezas incalculables… ¡Esta es una verdadera fortuna, señor de Lussac!… Todos nuestros hombres ya habían aprobado esta empresa.

Grogner sacó de su bolsillo un hermoso reloj de oro, sin duda el resultado de algún saqueo, y luego dijo:


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