El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo La chalupa, hábilmente guiada, se deslizaba ligera y veloz, siguiendo las costas del istmo a menos de cincuenta pasos.
A la medianoche el gascón puso la proa resueltamente al largo, segurÃsimo de encontrarse a la altura de la isla de Taroga.
Durante toda la noche luchó con las olas, que poco a poco se habÃan hecho grandes y a la primera luz del alba, como habÃa previsto, entró en la pequeña bahÃa donde se hallaba anclada la flotilla de los filibusteros, compuesta de dos docenas de embarcaciones, habiendo perdido el navÃo de lÃnea durante una noche de tormenta.
Pero eso bastaba para transportar al continente a trescientos cincuenta hombres que todavÃa permanecÃan bajo las órdenes de Raveneau de Lussan y Grogner.
El gascón, conocidÃsimo entre aquellos formidables ladrones del mar, fue recibido como un viejo camarada, e inmediatamente entró en la tienda que ocupaban los dos jefes de la filibusterÃa.
—Aquà tenemos al señor de Lussac, un gascón auténtico, al cual debemos la toma de Nueva Granada —exclamó Raveneau al verle entrar—. ¿De dónde venÃs, mi querido señor?
—Del mar —contestó Barrejo—, y traigo malas noticias.