El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Aquel extraño e interesante personaje, tal vez por capricho, iba vestido todo de seda roja.
Roja era la casaca, rojos los alamares, rojos los calzones, rojo el amplio fieltro, adornado con larga pluma, y también los encajes, los guantes y aun las altas botas de campaña; ¿qué más? Hasta la vaina de la espada era de cuero rojo.
Al verse en presencia de todas aquellas personas que lo contemplaban con fijeza, el Conde arrugó un poco la frente, mirando con altivez a los hombres, como enojado por tal curiosidad; luego levantóse cortésmente el sombrero, rozando, con un movimiento gracioso, la alfombra con la larguísima pluma, e hizo un ligero saludo, teniendo siempre la diestra en la empuñadura de la espada.
La marquesa de Montelimar, abrióse paso entre los invitados, acercándose apresuradamente al conde.
No sin razón la llamaban la bella viuda de Santo Domingo.
Era una bellísima hija de Andalucía, la tierra célebre de las mujeres hermosas de España, joven aún, porque tal vez no contaba veinticinco primaveras, alta, esbelta, con talle flexible, ojos fulgurantes y al mismo tiempo húmedos, cabellos negrísimos y piel alabastrina, el color característico de las criollas del Golfo mexicano.