El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Aunque viuda apenas hacía un año de un viejo marqués, muerto combatiendo contra los filibusteros de la isla Tortuga, lucía soberbio vestido de damasco de seda blanco, adornado por delante con pequeñas esmeraldas reunidas en artísticos grupos, y alrededor del níveo cuello llevaba una doble hilera de perlas de California, de inestimable valor. Detúvose ante el conde, haciendo una graciosa reverencia, acompañada de deliciosa sonrisa, luego tendiéndole la diestra, le dijo:
—Agradezco mucho, señor conde, que hayáis aceptado mi invitación.
—Los hombres de mar son rudos, marquesa; pero no rehúsan jamás invitación alguna, especialmente cuando la hace una señora tan bella como vos…
Estas palabras fueron causa de que se contrajera más de una frente y de que se levantaran algunos murmullos entre los adoradores de la marquesa.
El conde de Miranda volvióse al punto, con la siniestra apoyada orgullosamente en la empuñadura de la espada y la derecha en la cadera, diciendo con voz clara:
—Parece que mis palabras han desagradado a alguien; sépase que nosotros, hijos del Océano, somos capaces de guiar un barco y de regalar además una buena estocada.