El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Dos días después de la toma de Guayaquil, el conde de Ventimiglia, su hermana y los tres espadachines, abandonaron la ciudad con una escolta de treinta corsarios y diez filibusteros, los cuales habían decidido volver a Europa, por tener reunidas riquezas suficientes para vivir con holgura en sus respectivos países.
El marqués de Montelimar había partido el día antes, no sin pronunciar palabras de venganza contra la joven mestiza y contra el conde.
La travesía del istmo de Panamá fue realizada en jornadas cortas, para no cansar demasiado a la hermana del conde, y doce días después, la pequeña caravana llegaba felizmente al minúsculo puerto de Riva, donde se encontraba anclada desde hacía tres meses, la fragata, enarbolando el pabellón español, para hacer creer a los pocos habitantes de la costa que era un buque encargado de ahuyentar a los filibusteros procedentes de la Tortuga.
Una chalupa hallábase amarrada a la orilla, y ya se disponía a embarcar, cuando el gascón, que durante todo el viaje parecía haber perdido su buen humor, llamó aparte al conde y a Mendoza y les dijo: