El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Señores, debo declararos que no siento el menor deseo de regresar a Europa. Para mí esto supone un gran golpe; sin embargo, con el tiempo creo que me consolaré. A pesar de todo, no os olvidéis, señor conde, de que mi espada estará a vuestra disposición en el momento en que la necesitéis.

—¡Qué decís, señor de Lussac! —exclamó el hijo del Corsario Rojo, vivamente sorprendido—. Ya sois lo bastante rico para reedificar vuestro castillejo de Gascuña y cultivar en paz vuestras vides.

—¡Qué queréis, señor conde! Cuento cuarenta años y siento deseos irresistibles de constituir una familia.

—¡Ah, bribón!… —gritó Mendoza, en tanto que Don Hércules, que se había acercado al grupo, soltaba una carcajada—. Se ha enamorado de la bella sevillana.

—Lo habéis adivinado, compadre —repuso Barrejo—. De esa graciosa viuda haré la señora de Lussac y venderemos vinos de España y de Francia en una taberna que se llamará «La Espada Gascona».

A la mañana siguiente, en tanto que Barrejo, mejor dicho, el señor de Lussac, tras conmovedora despedida emprendía de nuevo el camino de Panamá para unirse a su prometida, la fragata desplegaba las velas para dirigirse al cabo Tiburón.


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