El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¡Salvaros! —exclamó la marquesa, en un arranque de entusiasmo.

—¿De qué modo?

—Seguidme todos al punto. El capitán de alabarderos estará irritado por tan larga espera.

Abrió la puerta del comedor e introdujo a los tres corsarios en una alcoba, la suya probablemente, a juzgar por la riqueza del mobiliario, y se dirigió a una chimenea cerrada por una chapa de bronce cincelado. Puso la mano en una de las muchas flores que la adornaban e hizo presión.

La hoja de bronce levantóse en el acto, dejando ver una escalerilla.

—Es una salida secreta, abierta en el espesor del muro —dijo la marquesa—; nadie la conoce. Conduce a una de las torrecillas que se elevan sobre el techo. Subid y esperadme.

—El beso, marquesa —dijo el conde.

La bella dama le tendió la mano.

El corsario depositó en ella un beso, luego subió la escalera, seguido de Mendoza y de Martín.

La marquesa cerró la puertecilla de bronce, murmurando:

—¡Pobre joven! ¿Matar a un caballero tan valiente? ¡No, no quiero! Aunque sea un enemigo de mi país le salvaré, suceda lo que suceda. No quiero que se diga que una Montelimar ha traicionado a su huésped.


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