El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Perfectamente; es un bravo que no se dejará coger de sorpresa. ¡Ah! Nadie puede igualar a los marinos genoveses.
—¡Conde! —gritó la marquesa—. ¿Qué decÃs?
—Un momento más, señora —contestó el intrépido joven—. Mendoza, ¿se hallan a bordo mis hombres?
—Todos, capitán.
—Somos ochenta, y les daremos un mal rato a los que intentan impedir que nos hagamos a la vela… Y ahora vos, marquesa. He vencido en la carrera de gallos, y me debéis un beso. Permitid que sea yo quien lo deposite en vuestra bella mano. Será seguramente el primero y el último, porque, a menos que se realice un milagro, dentro de pocos minutos desaparecerá también el último conde de Ventimiglia, de Roccabruna y de Valpenta.
—¿De Ventimiglia habéis dicho? —exclamó la marquesa.
—SÃ, señora. Soy el hijo de aquel Corsario Rojo a quien vuestros compatriotas ahorcaron.
La marquesa permaneció muda algunos instantes, presa de vivÃsima emoción.
—Señor conde —dijo finalmente—. No consentiré que a mi vista, en mi palacio, apresen a un caballero como vos.
—¿Qué intentáis, señora?