El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No soy el diablo —dijo el conde—, pero sà un pariente próximo.
—Entonces sois un hombre como yo, que ha entrado aquà para asustarme y robarme —exclamó el soldado, esgrimiendo amenazadoramente la escopeta—. Largo de aquà u os mato a todos como pollos.
—¡Eh, no gritéis tanto, porque podrÃais quedaros mudo! —exclamó el conde—. Os advierto ante todo que no soy un ladrón, sino un caballero, y que maldita la falta que me hacen vuestros guiñapos.
—Entonces, ¿qué queréis?
—Nada más que vuestro uniforme, mediante pago. ¿En cuánto lo estimáis?
—¿Para qué os va a servir?
—Alto, amigo; no tengo por costumbre referir mis secretos al primero que encuentro.
—¿Y después? ¿Necesitáis alguna otra cosa?
—Que me entreguéis la llave de la puerta, para que podamos salir de aquÃ.
—Marchaos por donde habéis venido, señor pariente del diablo —replicó el soldado—. No consiento que os burléis.
—Aún no he terminado —prosiguió el conde con su calma habitual.
—¡Ah! ¿Deseáis otra cosa? ¡Sois insaciable, mi querido señor!