El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Habría preferido que habitase en este desván una mujer guapa —murmuró Mendoza.

El conde se acercó al lecho con la espada en alto, dispuesto a herir. El inquilino de aquella estancia roncaba como un bendito, casi cubierto por la colcha.

—¡Si pudiésemos salir sin despertarlo! —dijo el conde—. Mendoza, ¿está la llave en la cerradura?

—No la veo.

—¿Echo la puerta abajo? —preguntó Martín, avanzando de puntillas.

—Entonces se despertará.

En aquel momento el propietario del zaquizamí, que tal vez como buen soldado tenía el sueño ligero, incorporóse de repente; luego, al ver los intrusos, se arrojó al otro lado del lecho, empuñando un mosquete y gritando:

—¡Ah! ¡Bribones! ¡Robar a un militar! ¡Nunca!…

Iba a lanzarse valerosamente sobre los corsarios, cuando una exclamación de espanto se escapó de sus labios.

—¡El diablo! ¿Sueño o estoy despierto?

Había descubierto al hijo del Corsario Rojo y viéndole vestido de aquel modo no era extraño que le tomase por un demonio, mucho menos en aquella época en que la superstición era tan general, sobre todo entre los españoles.


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