El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y nosotros los esperaremos, mi querido Mendoza. ¿Tienes empeño en acabar tus dÃas en medio de estas tejas? Yo no siento el menor deseo. MartÃn, arranca esos travesaños.
—En seguida, capitán —contestó el robusto mulato—. No será tarea larga ni difÃcil.
Cogió con ambas manos el madero central, apoyó las rodillas en el muro y tiró con violencia.
Fue un verdadero milagro que no rodase por el tejado al mismo tiempo que el travesaño. Afortunadamente, Mendoza estaba detrás y en el acto lo sujetó.
—¿Queréis dar un brinco a la calle, camarada? —le preguntó—. Tienes muy mal gusto, amigo.
—¡Silencio! —ordenó el conde, que habÃa metido la cabeza en la bohardilla.
—¿Habéis visto brujas, señor conde?
—Me parece que alguien ronca —contestó el corsario en voz baja.
—¡Ah, diablo! —refunfuñó Mendoza, rascándose la cabeza—. El asunto comienza a ponerse feo.
—Seguidme.
—No capitán, dejadme pasar a mà primero.
Era demasiado tarde. El corsario habÃa ya penetrado en un cuartito casi oscuro, amueblado miserablemente, porque no se veÃa más que una cama, una mesita desvencijada y dos sillas, sobre las cuales habÃa una coraza y un uniforme.