El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Bah! —exclamó en cierto momento el conde, deteniéndose—. Me han contado varias veces que también mi tÃo, el Corsario Negro, se vio en el caso de tener que huir por tejados en una ocasión, y que logró escapar sin tropiezo. ¿Por qué no ha de tener la misma fortuna el sobrino? ¡Ea, ya veremos!…
Descendieron al tejado de otra casa y continuaron la marcha. Asà anduvieron cerca de quinientos metros sin sufrir el menor contratiempo; luego se detuvieron ante una bohardilla cuya ventana estaba cerrada solo por unos travesaños de madera.
—He aquà un escondrijo magnÃfico —dijo el conde.
—No vaya a resultarnos una ratonera —observó Mendoza—. Además, no sabemos adónde conduce, capitán.
—A una casa, sin duda.
—Lo creo ciegamente, señor conde; pero la casa estará habitada y no sé cómo nos recibirán los moradores.
—Al verme vestido de rojo, me tomarán por el diablo en persona —respondió el osado joven, riendo— y de fijo echarán a correr.
—Y armarán una zamba formidable y acudirán soldados.