El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y nosotros, señora, puesto que nos invitáis a vuestra quinta, aceptamos —contestó tranquilamente el hijo del Corsario Rojo—. Asà descansaremos de las fatigas del mar.
—¿Y vuestro barco?
—Escapará mejor de lo que imagináis, marquesa. Tengo a bordo un teniente que no se asusta de afrontar el fuego. ¿Volveremos a vernos, señora, aun cuando solo sea para daros las gracias por todo lo que habéis hecho por nosotros?
—Os lo prometo.
—¿En San José?
—SÃ, conde.
—Adiós, señora; nosotros huimos…
El conde se quitó el sombrero, saludándola; luego inclinóse sobre el alféizar y saltó resueltamente, rompiendo tres o cuatro tejas.
—¡Cuidado, amigos! —exclamó el conde, saludando por segunda vez a la marquesa, que se habÃa asomado a la ventana—. Sobre todo, no hagáis ruido.
Desenvainaron las espadas y pusiéronse en marcha, con el cuerpo inclinado, para no hacerse muy visibles a las personas que pudieran asomarse a las ventanas de las casas. Afortunadamente, el palacio hallábase unido por la parte posterior a una larga serie de edificios, por eso los fugitivos pudieron recorrer seiscientos o setecientos metros.