El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Entonces?… —preguntó la bella viuda con extremada ansiedad.
—Huiremos antes de que lleguen —repuso el conde.
—¿A dónde?
—Es cosa sencillÃsima, marquesa. Se salta al lado del palacio, se busca el primer zaquizamà y no hay más que bajar.
—¿Vestido de ese modo?
—Cambiaré de traje —replicó el corsario, sonriendo—. Momentáneamente me convertiré en colono, en aldeano, en cargador del puerto, en marinero o en cualquier cosa por el estilo.
—¿Y adónde iréis?
—¡Qué sé yo! Seguramente no me dirigiré a mi fragata. SerÃa meterme en la boca del lobo.
—¿Hacéis cuenta de poder salir de la ciudad?
—Por supuesto.
—Poseo una finca en San José, a seis leguas de la población.
—Perfectamente.
—Mandaré inmediatamente al mayordomo, para que ordene a mi intendente que os reciba.
—¿Queréis hospedarnos en vuestra villa?
—Quiero salvaros —dijo la marquesa, emocionada.