El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Inquietud indescriptible se habÃa apoderado de él y prestaba atención, temiendo a cada instante oÃr una descarga de artillerÃa, anunciadora del principio de la lucha contra su barco. Llevaba en observación cerca de media hora, cuando oyó decir a Mendoza:
—¡La señora marquesa!…
El hijo del Corsario Rojo volvióse bruscamente. La bella viuda entró en la bohardilla, pálida y agitada.
—¡Vos, marquesa! —exclamó el conde—, ¿qué venÃs a anunciarnos?
—¡Que estáis presos! —contestó la señora de Montelimar, con voz entrecortada.
—¿Han descubierto nuestro refugio? —preguntó el conde desenvainando la espada.
—Me acaba de decir mi mayordomo que el capitán de alabarderos ha ordenado a su gente que visite los tejados y hasta las torrecillas. ¿Si os encontrasen?
—No es fácil, señora —contestó el corsario con tranquilo acento.
—No me comprendéis, conde.
—Os he comprendido perfectamente.
—¿Y pensáis trabar combate en un tejado, contra veinte alabarderos y un capitán que goza fama de intrépido?
—No, marquesa. Para luchar siempre es tiempo.